Reseña de la película Song Sung Blue (2025)

enero 8, 2026
2 minutos de lectura

En la víspera del Año Nuevo de 2026 me recomendaron Song Sung Blue, un drama musical escrito y dirigido por Craig Brewer y protagonizado por Hugh Jackman y Kate Hudson. La película está inspirada en una historia real: la de una pareja estadounidense que, en la década de los noventa, formó una banda tributo a Neil Diamond.

Quien no esté familiarizado con Neil Diamond probablemente reconozca al menos «Sweet Caroline», su canción más popular. Diamond ocupa un lugar particular en la cultura popular estadounidense: masivo pero no cool, profundamente reconocido pero a menudo relegado al territorio de lo cursi o lo nostálgico. Para varias generaciones (especialmente los baby boomers) sus canciones forman parte de una memoria afectiva compartida, ligada a reuniones familiares, radios encendidas y una idea de comunidad que hoy parece lejana. La película se apoya precisamente en esa condición ambigua (popular pero desacreditada y asociada a otra época) para construir su relato, entendiendo la música de Diamond no como aspiración al estrellato, sino como refugio, acompañamiento y memoria.

La película toma su título de la canción «Song Sung Blue», que se presenta como alegre, pero cuya melodía y letra arrastran una melancolía persistente:

 

song sung blue
everybody knows one
song sung blue
every garden grows one

Ahí, de algún modo, está ya contenido el espíritu del filme.

La historia sigue a Mike Sardina (Hugh Jackman), un cantante que preferiría presentarse como él mismo, pero que termina encontrando trabajo como imitador. En ese camino conoce a Claire (Kate Hudson), otra artista que también interpreta canciones ajenas. Juntos forman el dueto Lightning & Thunder, como tributo a Neil Diamond, que alcanza cierta popularidad local en Milwaukee. No se trata de una narrativa de ascenso espectacular, sino de una historia íntima, situada en escenarios modestos y relaciones frágiles.

La película toma como punto de partida un documental realizado en 2008 por Greg Kohl, dedicado a una banda real con ese mismo nombre: Lighting & Thunder. Esta banda realmente existió e incluso abrió uno de los conciertos de Pearl Jam en el Summerfest 1995 en Milwaukee. Pero hasta ahí llega la base factual. El duelo, el daño físico y los quiebres emocionales del largometraje pertenecen ya al terreno de la ficción.

Uno de los recursos que más me interesaron del filme es la repetición visual del paso de aviones sobre la casa de Mike, acompañada por desvíos y accidentes automovilísticos en la calle de enfrente. Es como si Neil Diamond (o cualquier cosa que percibamos como ominosa e inalcanzable) fuera ese avión que viaja alto, mientras la vida de los protagonistas, como la de cualquiera de nosotros, se va desviando debajo. Hay daños en la casa, en el jardín, en los cuerpos.

La película propone este mensaje: las personas hacemos lo mejor que podemos en un mundo que no siempre es amable, y tratarnos con cuidado vuelve más habitable este espacio compartido. Sin importar cuántos aviones pasen o cuántos descarrilamientos atravesemos, siempre queda la posibilidad de dar sentido a lo vivido eligiendo plantar flores, sanar heridas y cuidar de quienes nos rodean.

A mí esta dosis de drama me vino muy bien al cierre del año, cuando se piensa en todo lo que fue y en lo que ya no será, por ello la recomiendo si estás en este mood. Para el espectador es también una oportunidad para reconectar con la música de generaciones pasadas y con una idea muy simple pero no por ello menor: seguir cantando, incluso cuando la vida ya no suena como esperábamos.

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