Por Hugo García Michel
Wes Borland es un músico singular, un artista peculiar. El guitarrista del grupo estadounidense Limp Bizkit -y de otros proyectos- se ha distinguido siempre no sólo por su capacidad como instrumentista y compositor sino también por su gusto por el performance, lo cual lo ha llevado a emplear máscaras y disfraces estrambóticos que ocultan su personalidad real y le otorgan un aura de misterio que fascina a sus seguidores. Es todo un personaje del rock y especialmente del nu metal de finales del siglo pasado y lo que llevamos de éste; por ende, cuenta con una enorme cantidad de seguidores en todo el planeta. Con todo, a muy pocos se les habría ocurrido contemplarlo como una fuente de inspiración poética, como una especie de numen capaz de despertar la sensibilidad de un poeta, hasta el punto de que éste intituló Wes Borland aprende a tocar de oído a su más reciente poemario.

Pero seamos precisos. En realidad, el nombre de Borland sólo aparece de manera explícita en el título del volumen y en uno de los poemas (“Wes Borland aprende a marchas forzadas / por varios estados del país, / su padre tocaba blues en la iglesia / con la truncada partitura / de los barrios pobres. / Va bajando la luz en la habitación / donde ambos aprenden / a tocar de oído / los que se resisten a morir / como cadáveres / ensayan himnos que no saldrán / en ningún libro.”). Sin embargo, lo que está implícito a lo largo de las setenta y tantas páginas del poemario es una especie de conversación callada, tácita, con el músico, como si Rozas estableciera con él una comunicación íntima que se desborda en forma poética y constituye en sí el contenido de la obra.
Boris Rozas es un escritor nacido en Buenos Aires, Argentina, y afincado prácticamente desde niño en Valladolid, España (un vallisoletano de Buenos Aires). Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Valladolid, en su faceta poética cuenta hasta la fecha con una veintena de libros publicados, entre los que destacan Ragtime, Invertebrados, Las mujeres que paseaban perros imaginarios, Annie Hall ya no vive aquí, Lugares a los que volver con el buen tiempo, Rave y el que aquí nos ocupa, mismo que en 2025 fue reconocido con el VI Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez de la ciudad de Coral Gables, en Florida, Estados Unidos, certamen internacional que se dedica a promover la poesía en lengua española y que recibe cada año un promedio de quinientos manuscritos de más de cuarenta países.
Wes Borland aprende a tocar de oído está dividido en tres partes (“Detrás de nosotros todo está gris”, “Paralaje” y “Auge y amparo de las bestias”) y a lo largo de sus páginas (y de sus versos) mantiene un tono melancólico, introspectivo, intenso, pero alejado de la solemnidad y con apuntes que llegan incluso a rozar, aunque levemente, la más fina y a veces amarga ironía. Quizá relacionados con su título, los poemas mantienen también una clara musicalidad que, como apunta Henry Ballate, presidente de la fundación Juan Ramón Jiménez, en el prólogo, hace que más que leerse, se escuchen. Esto entra también en relación con la otra parte del título, la que se refiere a aprender a tocar de oído, algo que hacen muchos músicos, sobre todo de rock, como el propio Wes Borland lo hizo, método de aprendizaje que puede trasladarse a otros campos del arte (la pintura, la escultura, la literatura) y de la propia vida.
Veamos un trío de poderosos ejemplos (un power trio, para decirlo en términos rockeros) tomados al azar, con el placentero e incierto juego de abrir el libro en cualquiera de sus páginas.
Uno:
Si aún quedan amantes en pie
esperando por los nuevos parques,
es que hay manos de sobra
para alumbrar los restos
de estos días.Crece la flor
discretamente entre sus miedos,
las voces
recobran el tacto,
se permiten ser
en la página en blanco
de otro.El vagabundo recorre descalzo
la noche silenciosa.Roer sin dientes
los grasos restos de la tarde
es como escribir un poema
sin el corazón
entre las yemas de los dedos.
Dos:
Suponer que el verano se lleva
las palabras
en un carrusel de huidas
sin nombre y apellido
es como imaginar huecos
en la matemática extraña de las estaciones,
un silencio levantado
sobre arenas movedizas
que devora manos que se suceden.En la noche
abre el libro y edifica tu iglesia
antes de querer reducir la vida
a escombros.
Tres:
Y si la lucha se te antoja terrible, cuesta arriba,
los caminos se angostan y enfurecen,
llevándote a aquello que no eras
y ya fuiste,
regresa a la fría espera que construyó
las cosas importantes,
a tiempo de revolverlo todo
si fuera que todo te entendiera.Me encuentro ya demasiado solo
como para llevar otras armas
que no vengan de estas manos,
escupiendo insectos
con los labios venidos de otros hogares,
mi turno corre
el cielo del poema no se atisba
cuando rebosa la tarde
y tú no alcanzas.
Escribe Boris Rozas en otro de sus poemas acerca de Daisy Jones (intuyo que se refiere al personaje de ficción creado por la autora estadounidense Taylor Jenkins Reid en su exitosa novela Todos quieren a Daisy Jones, publicada en 2021 y convertida en serie de streaming por Prime Video), a la que los gatos observan desde lo alto de los muros mientras “ansía encontrar la calma / en el espejo construido / para los poetas / en permanente estado de gracia” y que aúlla a la luna “sobre las colinas partenopeas” y “esnifa los días / con los acordes de su nueva guitarra”. Hay un indudable y no tan soterrado espíritu rocanrolero en varios de los poemas que conforman Wes Borland aprende a tocar de oído y esa es una de sus mayores virtudes.
Porque como dijera Neil Young: “Rock n’ roll will never die”.


