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El Taller del Tiempo, de Álvaro Uribe

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Tres generaciones de Migueles: abuelo, padre e hijjo, se empeñan obstinada y sistemáticamente en probar cuál de ellos es el mejor. La ventaja por la edad y por ser el primero es del abuelo, subsecretario de Hacienda, relegando a segundo y tercer lugar a sus decendientes homónimos.

En su novela El taller del tiempo (2003) Álvaro Uribe plantea una interesante propuesta para interpretar el tiempo, los ciclos y roles impuestos por la familia: Miguel Segundo sería siempre el Segundo y por ende, el más joven de los Migueles no tenía otra opción que no fuera la de competir contra su padre por el primer lugar que además, alguien más ya ocupaba.

La novela se estructura en siete narraciones en primera persona que bien funcionan como relatos independientes; aunque cada una aporta una visión global de la familia de los Migueles y las implicaciones de compartir nombre, cada uno puede leerse como un cuento.

Los narradores de los primeros seis capítulos son el primo, la abuela, el padre y el mejor amigo de Miguel Tercero, uno de ellos lo narra Miguel Tercero y dos están en tercera persona; algunos son anécdotas, otro tiene forma de epístola y uno más de entrevista. Cada uno de los personajes narra momentos clave que en conjunto proporcionan al lector una visión completa de la historia de estas tres generaciones, pero es el capítulo final “Un eterno simulacro” y acaso en un fragmento del primero “La primera vez”, en los que se desarrolla la propuesta que atañe verdaderamente al tiempo.

En un ejercicio terapéutico que consistía en representar personajes y actuar como si en efecto, tuviera un impacto en la realidad, Miguel Segundo narra el trágico accidente en el que perdió a su hijo y firma un pacto con el diablo para recuperar los treinta minutos previos durante los cuales pudo haber hecho algo.

Durante las últimas páginas los personajes que intervienen aportan tesis cuya interpretación queda abierta, pero que sugieren una condena absoluta para la tragedia del padre.

Bien puede leerse como una novela de testimonios que pretenden acercarse a la verdad de los hechos que les ocurrieron a los Migueles, y quizá la interpretación más cercana a lo real sea la del desenlace, que se parece a un acto de psicomagia.

Los relatos que conforman la novela son un collage de encuentros, desencuentros y emociones. Se puede hacer la lectura desde un enfoque sistémico, entendiendo a la familia de los Migueles como el sistema, los lugares que ocupaban, las cargas que heredaron y el desorden que los condujo al fatal desenlace.

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