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El ascenso

en Ficción por

Lo primero que aprendí a controlar para lograr el ascenso fueron las palabras (palabras). Mi nuevo terapeuta dijo que en mi cabeza podía repetirlas las veces que necesitara, que no tenía que hacerlo en voz alta, como antes (antes).

Esto definitivamente representó un progreso porque los clientes se sentían más cómodos (cómodos) al hablar conmigo y los jefes lo notaban. Se habían peleado con uno de los socios, uno que iba a tener a cargo las oficinas en México, y estaban decidiendo a quién seleccionar para ocupar el puesto. Por supuesto (supuesto) yo quería ese ascenso.

En esta nueva terapia que había empezado no se usaban medicamentos, era un tratamiento conductual; veía al terapeuta una vez por semana y recibía tips e instrucciones para situaciones muy concretas (concretas, concretas, concretas) de mi condición; digamos, para la parte visible que solía alterar a los demás.

Antes ya había descubierto los beneficios de ser la primera en llegar a la oficina, incluso antes que el portero. Pero ahora lo hacía aún más temprano y de este modo podía hacer girar la llave tres veces a solas, antes de entrar, y dirigirme al baño de la planta alta (alta) que nadie usaba, para lavarme ahí tres veces las manos.

Me daba tiempo de desinfectar los utensilios de cocina y el lugar en el que me sentaría a la hora de la comida. Así, cuando todos llegaban (llegaban) no había peligro y mis rituales disminuían.

Logré superar el miedo a que alguien más entrara a casa. Conseguí a Sofía, que limpiaba tres veces a la semana y aunque algunas veces yo tenía que limpiar (limpiar, limpiar) también por temor a que no lo hubiera hecho como lo había pedido, mi terapeuta dijo que era un avance y la dejé quedarse.

Los primeros resultados fueron maravillosos. La gente era más amable conmigo, me sentía dueña de mis acciones, incluso podía controlar (controlar) mejor mis pensamientos. Había logrado la autoaceptación y el hacerlo me había liberado de tener que cambiar, solamente debía encontrar la manera de que mis rituales pasaran inadvertidos, sin la necesidad de dar explicaciones.

Un día estaba haciendo una propuesta a unos clientes en la sala de juntas cuando observé una figura extraña de medio metro de altura, cubierta de pelos, a través de la pared de vidrio; me hacía gestos con la cabeza para que saliera, babeaba y ensuciaba el piso. Me aterró la idea de que los clientes pudieran notar su presencia, ¿qué clase de impresión darían nuestras oficinas? La hora y media que duró la reunión evité voltear afuera. Al despedirnos, me pareció que el cliente la había visto de reojo y sentí mucha vergüenza; supuse que no habría hecho ningún comentario por no apenarme más. Cuando salí, sin embargo, el animal no estaba. Puse el reporte correspondiente.

Me acerqué para darme cuenta de la silueta que se posaba tan irreverente ante mis ojos y en mi propia sala, aunque la oscuridad no me permitió distinguir sus rasgos y temí al encontrarme a solas y de frente con ella.

La mañana siguiente me aseguré de que no estuviera en el piso donde trabajaba, pero de algún modo logró colarse durante el día y dejar indicios. Al seguirlos, llegué a las oficinas de la dirección. El jefe me recibió con una sonrisa:

—¡Pasa! —dijo y tocó mi hombro (hombro, hombro, hombro)— ya que estás aquí hablemos de una buena vez. Me imagino que ya sabes que existe la posibilidad de un ascenso… —Él seguía hablando mientras yo extendía discretamente mi saco, donde me había tocado, pues lo había arrugado.— …y tus esfuerzos por supuesto serán bien recompensados, sea esta tu oportunidad o la siguiente. —Concluyó, al tiempo que se volvía con una sonrisa completamente estúpida y amistosa.

—Gracias —(gracias, gracias, gracias)— He pensado que por mi antigüedad en la empresa y mi relación con los clientes más importantes, imp…

—¿Quieres algo de tomar?

—No, gracias. —(importantes, importantes) Me sentí frustrada al verme interrumpida.— Creo que yo soy la candidata más adecuada para el puesto.

Él asintió y me aseguró que el consejo directivo estaba deliberando para tomar la mejor decisión, que pronto tendría noticias.

—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?, ¿me querías decir algo? —durante esta breve entrevista había inspeccionado la oficina en busca de algo extraño, pero todo parecía en orden. Le dije que no y me retiré.

Esa tarde tocaba sesión con el terapeuta. Hablamos de las posibilidades y miedos de asumir una responsabilidad tan grande si efectivamente me quedaba con el puesto que quería. Él insistía en que no debía presionarme de más pero que debía esforzarme. Cuando terminó esta frase vi que detrás del diván (diván, diván) en el que estaba sentado se hallaba esa extraña criatura que no había logrado encontrar en la oficina. Me había seguido y estaba ahí, masturbándose y chupándose. No pude decir nada. ¿Cómo explicar su conducta en voz alta? Me quedé viéndola para confirmar lo que estaba haciendo. Me hirvió la sangre.

—¿Estoy siendo claro? —continuó el terapeuta— Prueba a sentir la ansiedad, empieza con algo pequeño…

— Sentí deseos de cerrar las piernas; un impulso eléctrico me recorrió el cuerpo y me estremecí. Veía a mi terapeuta hablar sin escucharlo y por primera vez reparé en sus labios, pero la sola idea de… el simple hecho de pensar (pensar, pensar) en eso me hizo sentir mucha culpa. —…no pienses qué, hazlo. Te veo en siete días. —Sólo atiné a argüir que debía irme y salí corriendo a casa, ocultando el rostro rojo de vergüenza.

Al llegar, hice girar la llave tres veces antes de abrir la puerta. Todavía no sé cómo pudo entrar, pero ahí estaba, esperándome (esperándome). No estaba sorprendida, de algún modo, intuí que así sería. La bestia había burlado la seguridad y se extendía cínicamente en la estancia, ensuciando mi alfombra con sus pelos cafés. Estaba muy enojada con ella. Quería asesinarla, agarrarla a patadas, hacerla sangrar y sufrir. Respiré para calmarme, me acerqué para darme cuenta de la silueta que se posaba tan irreverente ante mis ojos y en mi propia sala, aunque la oscuridad no me permitió distinguir sus rasgos y temí al encontrarme a solas y de frente con ella.

—Señor —dije sorprendiéndome al hablar con algo que no era un ser humano—. Señor, ¿haría usted favor de levantarse y abandonar mi sala? Sofía, la muchacha, se ha ido ya hace unas horas y no me puedo permitir el lujo de recibir visitas tan peludas a estas horas de la noche. —Mi voz sonaba temblorosa (temblorosa) y más aguda de lo habitual.

—Señor —volví a espetar, esta vez más fuerte, a fin de probarme mi propia valentía. La masa seguía inmóvil en el piso, sin hacer caso (caso, caso) de las palabras que salían de mi boca como si yo fuera otra persona. Comenzaba a desesperarme, pues debía ir de inmediato a lavar mis manos y me estorbaba para pasar al baño.

—Señor —dije una última vez, con tal determinación y volumen que a la criatura se le erizaron los pelos y dijo algo en un lenguaje desconocido por mis oídos—. Señor, haz favor de irte.

La criatura se movió un poco para abrirme el paso, volvió a emitir un sonido que parecía un gruñido, imitando las palabras que acababa de escuchar (escuchar, escuchar). Nunca he sido fanática de las mascotas ni de nada que pueda alterar mi rutina, pero este animal era algo sorprendente.

Fui al baño, prendí la luz tres veces y me lavé las manos, tres veces, con el jabón neutro (neutro, neutro) que tengo en el mueble del lavabo (lavabo), del lado derecho. Es específico para manos y mata casi todas las bacterias (bacterias, bacterias).

Cuando regresé a la sala, no estaba. Era demasiado tarde para despertar a los conserjes y pedir ayuda para buscar al animal, pero esta vez no la dejaría irse, había llegado muy lejos: estaba en mi casa.

Inicié una búsqueda metódica por orden alfabético. Primero, en el armario, bajo la cama, entre las cortinas, debajo de la mesa, detrás de los sillones (a, be, ce, de, e). Al no hallarla, revisé incluso los lugares donde era imposible que se hubiera escondido: en los cajones, adentro de las maletas, en el refrigerador, entre las sábanas y en cada resquicio por pequeño que fuera (efe, ge, ache, i). Esta parte resultó particularmente difícil, pues cada vez que revisaba algo debía colocarlo inmediatamente en su lugar para que todo siguiera en orden (orden, ORDEN). No la encontré y aunque estaba muy cansada por la larga jornada de trabajo, no podía desistir de mi esfuerzo.

Me dirigía a mi habitación cuando vi la sombra de la bestia en una pared; alcancé a distinguir cómo se ocultaba debajo de la mesa del comedor. Mi corazón palpitaba con fuerza mientras me acercaba al animal.

Ya había amanecido. La alarma del despertador sonó justo en el momento en que la bola de pelos musitó un horroroso sonido que me hizo retroceder y encerrarme en el baño, donde permanecí largo rato. Era casi la hora de ir al trabajo (trabajo). No podía llegar tarde si quería ese ascenso. Tomé la escoba del baño y abrí la puerta. La vi de cerca y con luz por primera vez, tenía un rostro humano, cubierto de pelo café, su hocico y el odio de sus ojos me impidieron reparar en la forma de su cuerpo.

—¡Déjame en paz! — grité y la golpeé con todas mis fuerzas, repetidamente, hasta romper el palo de la escoba. La bestia cayó al suelo, no podía moverse, sólo se agitaba y emitía un sonido desesperante, insoportable de tan bajo y agudo. Aproveché su debilidad para correr a la entrada del edificio, desperté a Mari y su esposo Luis, los conserjes (conserjes, conserjes) y narré la historia ante sus rostros estupefactos y adormecidos.

Los conserjes me siguieron hasta el departamento (departamento) con puntas y rastrillos de jardín en las manos por instrucciones mías. Les había pedido ayuda para sacar al animal que, les aseguré, no era algo convencional ni jamás visto antes; una bestia con un lenguaje particular que quería hablar como si fuera humana, que irrumpía y tomaba (tomaba, tomaba) cualquier clase de espacios, babeaba, se masturababa, desafiando todas las leyes naturales y alterando el orden de la vida, de mi vida.

Aunque la había golpeado y la había dejado retorciéndose de dolor —si es que esa cosa podía sentir dolor—, estaba segura de que vivía. Entramos sigilosamente al departamento para no asustarla y que no se ocultara de nuevo. Se había alejado dejando un rastro de sangre que seguimos hasta encontrarla; dejé escapar un grito (grito) y señalé el lugar donde estaba, chillando por lo bajo con un ruido agudo casi imperceptible.

—¡Tanta sangre! —gritó la señora Mari. —Está ahí, ¡ahí! —dije yo. La señora Mari y su esposo Luis seguían preguntando dónde, cómo, qué, una y otra vez, volviéndose y agitando las armas improvisadas, ignorando al animal, que estaba justo frente a la comitiva.

Afirmaban que no podían ver alimaña (alimaña, alimaña) alguna. Mantuve la compostura, aunque con un nudo en la garganta, y decidí seguirles la corriente. —En verdad, es una horrible mancha de sangre, sangre, sangre. —Los encaminé a la puerta, tranquilizándolos con cualquier clase de excusas.

Mientras los despedía, pude ver cómo detrás de ellos, la bestia recobraba fuerzas, se movía todavía alterada hacia un rincón de la casa en el que vive desde entonces. Creo que los conserjes asumieron que el incidente se debía a que no había descansado bien. Poco a poco han dejado de mirarme raro y susurrar a mis espaldas cuando entro al edificio (edificio, edificio).

Desde que ella vive en casa todo ha sido igual en la oficina. Mi terapeuta sigue impresionado por mis avances. En cuanto al ascenso, se lo dieron a alguien más, pero me esfuerzo igual que siempre y los jefes lo notan. Solamente Sofía no se explica por qué pongo platos con comida en la esquina de la sala y los retiro intactos (intactos), tres veces al día.

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